24 SEGUNDOS

El rival sabe que si equilibramos, lo damos vuelta.  En sus rostros se lee ese deseo nuestro, que no solamente es emoción, es confianza, convicción de nuestros jugadores, porque  hace dos años que no les podemos ganar.


Veníamos  11 puntos abajo y en el último cuarto estábamos ahí, probando  distintas formas  de romper esa situación estresante, de solo acariciar el aro,  de angustia para los dos equipos, y  ¿Sabes qué fue lo bueno? Esos pibes fueron protagonistas de algunas palizas en la Superliga cuando los mayores estaban de gira, si, ahí estuvieron ellos para poner el cuerpo y el alma, resignados a una cruel derrota, solo con pena y lejos de la gloria, pero también vislumbraron los aprendizajes de cualquiera de los resultados, y ¿Saben qué? Lo han aprendido, lo vimos durante el desarrollo de los cuartos, pero faltando 24 segundos  se propusieron el empate y ganar, solo hizo falta que se miraran, uno hizo la pared, el otro se ubicó en el medio, y cubrieron los laterales, no hizo falta gritar la jugada, la comunicación fue telepática, orgánica, solo con los ojos, así comenzó el dribling, atrás un jugador, pared para el otro, quiebre de cintura,  medio giro, giro, elevación y tiro.

¿Fue un autopase? Para la narración fue eso, y para el jugador, quién sabe si lo dirá. El punto es que siguió la trayectoria de la pelota y tomó el rebote, flexión de rodillas para el amague, un giro, medio amague, la marca queda a mitad de camino en el aire y se levanta abajo del aro y de espaldas al mismo con mano derecha buscando el cuadrado del tablero, convertimos los dos puntos del empate.

Fuerte impulso de alegría en milésimas, y paralizando  la reacción del rival, ¡hay que presionar con mucha tensión y sin falta!,  fue el pedido, la consigna y la jugada natural que en todos se leyó, el otro equipo no lo podía creer y en esa desconcertada desconcentración, nuestra concentración y la búsqueda de la victoria hizo que los pibes jugaran los últimos 14 segundos como unos profesionales, marca sobre y sin tocar la piel, ahí encima, presión, nervios y la acción, si el robo de esa pelota en el parquet con pase inmediato al otro base, entrada de dos pasos y  falta, con los dos tiros libres eficaces, gana el equipo Naranja, el tiempo no les alcanzó a los otros pibes a forzar un suplementario.

La alegría de nuestros chicos era muy emocionante, y lo sigue siendo, porque cuando te acordás  de los 24 segundos, das gracia por estar ahí, por ser amante del deporte, por acompañar a un equipo, a un cuerpo técnico, a un grupo grande del básquet de Rivadavia, Porque los pibes Naranjas también le pick and roll al básquetbol de Mendoza, y le cantan doble al país.


Adolfo Lanzavecchia

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