EL TEMPLO ES NARANJA Y SUS FIELES SON…


Nos quieren abrazar, pero somos muchos, igual somos abrazados y se siente, tal vez  por las miradas y la  emoción temperamental. No nos pueden besar, igual se siente el beso en el alma y es una caricia  gigante, es un beso que tiene cientos de bocas, bocas que gritan, cantan, suspiran, exclaman, insultan con las malas palabras del Negro Fontanarrosa, opinan, se ponen en árbitros y sentencian a su juicio lo que realmente sucedió en la jugada.


No son monjes ni profesan religión, pero creo con certero saber que  tienen su templo, en donde el piso brilla, reluce, por eso que dice la biblia: “como es en el cielo, es en la tierra”, y si el cielo brilla, el parquet también.

Y claro que brillan, tienen luz propia,  mucha potencia, continua y grosa energía, a pesar del aumento de las tarifas, “ellos” son la fuente de energía de ese templo deportivo.

Un templo que no tiene Virgen,  sacerdotes ni monaguillos, pero  tiene varios  Dioses, un templo sin altar, aunque  ellos están en lo alto, son el altar y la misa está a punto de comenzar.

No suenan las campanas en este templo, suenan  silbatos, y  ese sonido genera una explosiva erupción de canticos, insultos, epítetos, estribillos, versos octosílabos, onomatopeyas espontáneas- intuitivas, texto de avisos fúnebres, romances efímeros, calenturas que te dejan frito, homenajes y veneración a las madres, desafíos de malevos y gauchos de frontera, ¿Por qué acá? Porque acá se juega la vida de la camiseta.

La misa comienza con una señal, que no es la de la cruz, y  una pitada, pero “ellos” hace rato que ya estaban  celebrando la palabra, invocando a Dios fuente de todo dribling, triple y bandeja.

En el templo los fieles empiezan a orar, aunque ellos nunca lo hacen en silencio, ni en retiros espirituales,  la adoración se hace cantando, bailando, saltando, gritando, para que cada uno de los santos escuchen bien las plegarias,  los ruegos y no se hagan los santos distraídos, es decir si sos santo no podes cagar diablos, si lo haces entonces ¡A  Dios rogando y con el mazo dando!

¿Saben muy bien de quién se trata?, les hablo de la iglesia del templo del básquet de Rivadavia, esos fieles creyentes y apasionados por las sagradas escrituras del baloncesto, que llegaron a este mundo a dar, a ofrecer, a sufrir, a entregar amor por los 12  apósteles, que tal vez no hayan leído la biblia, y no estuvieron en la última cena, pero que saben que tienen una misión en esta vida y es entregar todo. La misma misión para todas las acciones de la vida cotidiana fuera de ese templo. ¡Que así sea! Amén.

No son el coro de la misa, pero son la música coral del partido, y cantan sin instrumentos, sin partituras, sin director de orquesta, y cantan, y cantan, y no cobran por cantar,  no son el Chaqueño ni la Soledad que si cobran, y muy poco nos dejan para celebrar, pero no es el  caso ni el tema, señores es la Hinchada la que  celebra cuando los santos se ponen a jugar.

Es la hinchada que todo se lo banca, la que siempre está presente, la que alienta, la que advierte, la que señala, la que nunca deja de estar, claro y siempre con ese respeto que se merece el  rival.

Queridos vecinos, el Templo hoy se viste de fieles, los Santos  juegan al Básquetbol,  y están en el Polideportivo, aunque hay muchos parecidos, pero bueno el corazón es de San Isidro Labrador, que según algunos escritos, no son fotocopias;  y la historia, dicen que al Básquetbol jugó allá por los setenta y pico en una cancha de baldosas  blancas y rojas, ubicada justo atrás de la cúpula donde San Isidro esperaba su turno para entrar a la cancha, aunque nadie lo veía, nadie lo notaba, era entonces el Atlético Club, enfrente de la vieja Escuela Normal, y es allí donde nació esta Hinchada, que hoy hay muchos que se los ve en la tribuna, aunque ya no saltan ni brincan pero truenan,  y si pueden insultar y mejor aún aplaudir, cantar y alentar:


“Naranja, mi buen amigo
Esta campaña volveremos a estar contigo
Te alentaremos, de corazón
Esta es tu hinchada que te quiere ver campeón
No me importa lo que digan, lo que digan los demás
Yo te sigo a todas partes, cada vez te quiero más...”

“¡Hinchada, hinchada, 
Hinchada hay una sola
Hinchada es la Naranja
Las demás se descoloran!”


¡Muchas Gracias  Hinchada Naranja!

Adolfo Lanzavecchia



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